Amor de camelias

Estas son las Camelias en mi casa. Nada especial cuando miro desde afuera, ahora mismo las camelias se expresan en toda la ciudad. Pero cuando miro desde adentro, siento el placer secreto de tener cerca las flores favoritas de Gabrielle Chanel. Poco tengo de fanática o coleccionista, pero algunos personajes me apasionan tanto que puedo encontrarme haciendo locuras, pequeñas locuras, solo para reconstruir o acercarme de alguna manera a sus historias. Claro que las camelias no solo son las flores preferidas de Mademoiselle Coco, también me gustan, porque las flores son la más poderosa inspiración para mí.

Cuando llegué a Paris en 2001, poco me interesaba conocer la ciudad, una vez más, porque sabia muy poco de esa ciudad además de esas imágenes icónicas que viajan cubriendo delantales, llaveros y tantos otros objetos inútiles. Para entonces mi fantasía francesa incluía apenas tres objetos: las tropezianas inspiradas por Brigitte Bardot en Saint Tropez en los años 60, una marinera bretona como la que usaba Coco Chanel en Dauville, firmada Jean-Paul Gauthier, y una camelia de Chanel blanca, comprada en la rue Cambon.

Las tropezianas llegaron un año mas tarde, la marinera quizás dos. La camelia espero hasta el año pasado, esto es 10 años, y ni siquiera fui yo quien la buscó en la rue Cambon. Mi deseo de este objeto se infló tanto con el tiempo que apenas he osado llevarla conmigo fuera de la casa una vez. Quiero protegerla, regalarle una eternidad, porque aunque podría substituir el objeto o multiplicarle, la historia del deseo seria imposible de reconstruir. Me quedo pensando en esto, la historia de un deseo, con ganas de indagar. Pero guardarla en casa también quiere decir que poco me interesa exponerla, quizás porque para mi los deseos son íntimos y secretos.

Quizás lo que más me gusta de la camelia de Chanel es que siendo una flor muy femenina, fue adoptada por Coco según los usos masculinos, no como un broche sino como flor para el ojal en la solapa. A pesar de que hoy la camelia es un emblema de la Casa de modas, y es declinada en joyas y en múltiples materiales cada temporada, Coco Chanel la usaba blanca, simple, prístina y suntuosa. Pero no solo esto me hace sentir romántica, también descubrir el “saber-hacer” ligado a estas flores para la casa legendaria, símbolo absoluto de la moda Francesa.

Es así como un simple objeto puede cargarse de tantas emociones, tantas como referencias conmovedoras pueden existir. La camelia de Chanel es realizada por el artesano plumassier quien corta los pétalos en tela y los modela en un molde caliente, antes de fijarlos en un palito, desde donde las flores se abren.

Traduzco a continuación un texto que encontré en Internet, escrito por la Casa Chanel en torno a las Camelias y a la casa creadora Lemarié:

En 1946, Paris contaba con 277 plumassiers. En 1960, no había sino 49. Hoy Lemarié es prácticamente el único en Francia. Es un trabajo en extinción y un patrimonio único que Chanel a querido conservar retomando esta casa fundada, hace más de un siglo por Palmyre Coyette, la abuela de André Lemarié, durante la época de los sombreros velados.

El patrimonio son los archivos, los recuerdos, las vueltas de mano. Lo son también los tesoros irremplazables, guardados en el fondo de grandes gavetas: cepillos, aves del paraíso, plumas de buitre, de cisne, de pavo real, que son ahora especies protegidas. Pero la avestruz se importa de África del Sur sin restricción, y las plumas de oca, de pavo, de gallina, pintadas, afinadas, frisadas, moldeadas se prestan a todas las metamorfosis, a todos los caprichos de la moda. En la casa Chanel, Karl Lagerfeld las usa discretamente, en bordes finos o como pendientes bordados mezclando plumas y perlas. Para él, el Señor Lemarié es antes que nada “el hombre de las camelias”, ese que tiene la fuerza del virtuosismo de una obra polivalente – plumas y flores exigen el mismo trabajo ligero y meticuloso de los dedos – para responder a todos los deseos. Porque desde las primeras ordenes de Coco a principios de los años 60, la camelia, rue Cambon, juega a los camaleones. En tweed, cuero, piel, satén, organdí, plástico, Lemarié entrega unas 20.000 por año a Chanel, quien les distribuye en todas sus boutiques. El no pedirá nada mejor que variar los placeres: rosa, iris, violeta, orquídea, Lamarié conoce todas las flores pétalo por pétalo “pero los modistas no las usan más” se lamenta Monsieur Lemarié quien recuerda todas las estructuras memorables que él ha mezclado y florecido.

Mi devoción por este objeto no hace sino aumentar con el tiempo y los descubrimientos sobre su historia, y aunque cada año las nuevas versiones me tientan, en plástico o en tela de blue jean, me contengo, con la certeza de que tengo lo único que siempre soñé, ni más ni menos.

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