Espejo, espejito…

Subía unas amplias escaleras que llevan a un primer piso sin mucha consciencia de lo que hacía. Las escaleras me pueden imponer gestos parsimoniosos, que disfruto tanto como caminar en las dunas. Nunca antes había pensado en esto, hasta que saliendo de la escalera, todavía absorbida por la fantasía de mover mi pesado vestido al ritmo de los escalones, pasé delante de una puerta-espejo. La realidad compuesta por ese artefacto descorazonado me detuvo en seco. No podía creer lo que veía. En estado de shock, descubrí que mientras subía las escaleras me sentía bella, y esto sólo pude descubrirlo cuando el espejito sin escrúpulos me arrojo sin piedad esa imagen nefasta de mí misma, tan poco agraciada, por no decir fea.

Fue entonces cuando pude entender, quizás un poco tarde, a qué se refiere el cuento de Blanca Nieves con la repetición obsesiva de la frase “Espejito, espejito, dime… quién es la más hermosa”. Ahora me doy cuenta de que el problema no es la fealdad de la reina, ni siquiera la belleza de Blanca Nieves, el problema es el fulano espejo. No soy muy rápida para sacar conclusiones, y es que siempre necesito una vida para llegar a lo que otros llegan con apenas un estímulo, pero darme cuenta por mí misma de que el problema no soy yo sino el espejo, los espejos, me hace sentir perspicaz.

Me pregunto cómo pude haber andado tanto, creyendo que era tan fea, solo para darme cuenta de que esta percepción no es la mía, sino la de mi reflejo, construido a través de la aceptación de ideales de belleza excesivamente excluyentes, atrapados en cuanto espejo fabricamos o cruzamos. Convengo ahora que con frecuencia me siento hermosa, o lo que es lo mismo, confortable con quien soy. Pero esto solo pasa cuando no hay espejos, porque estos siempre me sirven para localizar todo aquello que no se corresponde con mi idea de mí misma: los ojos muy cerca de la nariz, la barbilla muy larga, la nariz muy redonda, las piernas muy cortas, las caderas muy altas, la lista es infinita.

Supongo que todo era más fácil cuando éramos bebés y no nos reconocíamos en la imagen que nos daba el espejo, creyendo que pyro bebé nos quiere complacer imitándonos ¿Cuándo aceptamos que esa imagen en el espejo es la nuestra? Quizás tan pronto como somos capaces de escuchar los juicios y las fronteras que expresan quienes nos rodean.

Pero el problema del espejo no me es exclusivo, simo todo lo contrario, porque ahora hasta las Blanca Nieves quieren estar seguras de ser las más bellas (también las más jóvenes). Pertenecer a la mayoría no me hace sentir mejor, pero me tranquiliza no pertenecer al grupo de las que cada vez que reciben el mensaje maligno del espejo van a ver al cirujano plástico con un retrato hablado para corregir las imperfecciones, esto hasta que logran convertirse en un Monet (solo posible de apreciar desde lejos, muy lejos, tal como lo expresaría Alicia Silverston en Clueless, 1995)

Mi decisión desde ese día, hace poco menos de un mes, en el cual descubrí que mi imagen de mí misma desde adentro poco se parece a la imagen de afuera, es la de eliminar todos los espejos. Esto porque soy mas sensible e inteligente que la reina, sino saldría yo misma a eliminar a todas las Blanca Nieve, e incluso a los enanos, por su complicidad

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