Obsesión: Bluebells

Tenia ganas de hablar de bluebells, de la obsesión inglesa por las flores en general (la Royal Horticultural Society y otros detalles) y de la realización última que ha sido visitar High Beeches, para ver mis primeros Bluebells en un bosque encantado. Y ya no tengo tantas ganas. Después de escribir y borrar sin reposo, intento cuando menos contar cómo llegué a construir la obsesión.

Me encantan los jacintos, y aquí en Londres, es más bien fácil conseguirlos, entre la pasta fresca y las comidas de 500 calorías, en cualquier Waitrose, pero no sólo. Me gusta el aroma, me gustan sus colores, y hasta me gustan sus tallos sumergidos en el agua. En algún momento del año los jacintos desaparecen, por eso del ritmo de las estaciones que nosotros los seres tropicales apenas podemos entender. Bien, para perpetuar la presencia de los jacintos en mi vida y en mis aposentos, se me ocurrió buscar un perfume de jacintos puros. Tarea innoble esta, pues después de buscar insaciablemente, renuncié a este perfume. No fue hasta que un dia cuando osé entrar a Penhaligon’s, el mítico perfumista inglés, por pura curiosidad y sin destino particular, cuando para darle orientación a mi osadía, tuve que decirle a la vendedora que buscaba un perfume de jacintos. A lo cual ella respondió con una mueca, entre lástima y desprecio, y luego después de un largo suspiro:

“Bluebells. Los jacintos son utilizados entre muchos otros ingredientes para reconstruir el perfume de los bosques de Bluebells, porque desde que estas flores son patrimonio nacional, no se pueden utilizar y es muy dificil cultivarlas porque justamente crecen en los bosques. Asi que los jacintos, más fáciles y ordinarios, con su aroma dulce y pegajoso sirven de base para la recreacion del delicado pefume de bluebells – Me extendió la botellita, y agregó -, También era el perfume favorito de Lady Diana”.

Solo yo sé cuán poco me interesa Lady Di, aunque desde luego no menos que Kate Middleton. Pero la historia sobre mis jacintos ordinarios, al servicio del reputadísimo aroma de Bluebells (es preciso decir que para los ingleses puristas, los jacintos son los enemigos españoles de las Bluebells) dejó una marca instantánea en mis deseos, esos deseos de saber de qué hablaba esta mujer altiva, portavoz de Penhaligon’s. Desde entonces, acumulo información sobre la florecilla mágica cuyos prados decoran el universo de hadas y otras creaturas celestes de esta región.

Siempre creí que debía andar mucho para ver el espectáculo de las Bluebells flamantes, a partir de Marzo. La gran sorpresa ha sido encontrarlas fortuitamente, mientras atravesaba en cementerio Brompton, donde desde luego las Bluebells crecen en apenas los espacios que dejan las tumbas, sin llegar a alfombrar la sombra de arboles suntuosos que he visto en tantas fotos maravillosas. Pero este encuentro inesperado me regaló la motivación para descubrirlas en su contexto natural, los bosques antiguos de Inglaterra.

La idea me dejaba siempre en estado de angustia. Tanto se dice de Bluebells que sin saberlo llega uno a creer que sólo los elegidos pueden verlas. Esta agonía no hace sino aumentar cuando va uno al sitio del National Trust y descubre que hasta existe un mapa interactivo de dónde ver Bluebells, que está alimentado por gente que les ha visto recientemente. Este año, debido a las fuertes lluvias y las persistentes temperaturas invernales, reportan que la temporada de Bluebells llega a su fin y que por el exceso de agua estas son excepcionalmente frágiles y de pequeña talla, aunque de aroma mucho más intenso. Conmovedor.

La tensión no hacía más que aumentar cuando leía sobre el tema. El sol durante el fin de semana pasado fue la mejor excusa para buscar y quizás tener el privilegio de ver bluebells. Siguiendo mi intuición, y considerando que sólo teníamos la tarde para la exploración, decidí que iríamos a High Beeches, en Surrey. Me dije que cuando menos este jardín ofrece también azaleas, magnolias, violas, y otras tantas flores, si no estaba en nuestro destino ver Bluebells.

Toda la magia que tanto esperaba estaba allí (¿O la habia yo llevado conmigo?). Los Bluebells de High Beeches eran pequeños, discretos, entre un azul cobalto intenso a veces y purpura otras, frágiles, de largos tallos y casi agonizantes. Todavía hoy, después de una semana, sigo embriagada por la experiencia, y con ganas de respirar su encanto una y otra vez más.

Finalmente como que si tenía ganas de escribir, o quizás estas, las ganas, se fueron haciendo a medida que ordenaba la obsesión. No tengo muchas ganas de escribir por estos días, situación persistente en mi bioritmo, esta vez porque me ha dado por pensar que no es divertido lo que escribo, y que claro, si no es divertido, tampoco tiene mucho que decir.

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