Charmante vendeuse

Pasar un fin de semana en Paris obliga una visita (o dos) al mercado de las pulgas (y antigüedades) de Clignancourt en el norte de Paris. El domingo pasado  excepcionalmente llevé mi cámara. Mientras me paseaba por el Marché Biron, mi preferido, porque es allí donde consigo esas pequeñas cosas que se hacen lugar en mi vida, como si las hubiese heredado de algún pariente: bordados, crochet, cuentas, pompones, juguetes, porcelana barata, y otras cosas menos fáciles de catalogar como una pulsera de Sainte Thérèse que combino con mi brazalete de Pyrrha y otro brazalete de plata, un bello recuerdo de San Telmo, durante mi ultimo viaje a Buenos Aires.

Apenas pasé por esos puestos que siempre me llaman, me topé en una de las galerías con la hermosa atmosfera de un Cabinet de Curiosités, esos espacios donde se acumulan pequeños objetos de la naturaleza sin la taxidermia de costumbre. La “Charmante vendeuse” estaba allí reajustando “la atmosfera”, como si esta tuviese controles (seguro los tiene).

Le tomé un par de fotos sin que ella lo percibiera, antes de acercarme a la colección de caracolitos, hermosa, romántica. Apenas vi la coleccion en la vitrina me pregunté quién, como, cuando y donde. Las respuestas que espontáneamente harían la sinopsis de una película perfecta (y las cajitas, después de esto la verdad no sé si coleccionar caracoles o cajitas). Verbalicé las preguntas para que la chica me respondiese en perfecta armonía con mis ilusiones. Se trata de un coleccionista de caracoles desconocido en el norte de los Estados Unidos quien trabajo hacia finales del Siglo XIX. Ella agrego orgullosa que había comprado la colección completa, unas 3000 piezas. Cuando se acerco, su pasión desbordaba sus ojos, y yo solo pensaba en cuanto placer tendría el lente de mi cámara de suspender esta pasión (además su abrigo desgarrado por el tiempo era sublime). Me conto que cada año en Paris hay un salón del caracol (en Francés Le Salon International du Coquillage, Ahhh), lo cual solo venia a enriquecer la maravillosa historia de esa película que ya había titulado “El rastro del caracol”.

Cuando hablábamos, le pregunté si podía tomarle una foto, allí donde estaba parada. Su timidez era aun mayor que la mía. Con la idea anclada de obtener una foto suya, pude capturar su consciencia de mi presencia (y la de la cámara), que sin que yo lo explique solo podría leerse como su escape hacia otros lugares y tiempos. Pienso en Robert Bresson, en como dirigía a sus actores sin darle la mas mínima explicación sobre las emociones o intensiones detrás de sus acciones, esto es cuando mira hacia allá sin sonreír puede transformarse en melancolía, tristeza, y tantas otras emociones, condicionadas por otros planos, pero no solo, también por la experiencia de vida del espectador.


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