Los efectos de un lavado

Después de tres semanas fuera de casa, y con pocas ganas de imaginar lo que el lavado al seco quiere decir (con el aroma a detergente de lavar alfombras tengo suficiente) no me quedaba otra alternativa que lavar algunas ropas yo misma, en la privacidad de nuestra sala de baño. Tenia que lavar cuando menos unas pocas para sobrevivir los cuatro días de trópico y yoga que nos quedaban. Lo de lavar a mano no es una novedad, la ropa interior la baño conmigo siempre, pero nunca se me había ocurrido pasar de centímetros a metros de tela.

¿Por qué escribir sobre algo que nadie quiere o necesita hacer? ¿Acaso la evolución y todas las maquinas a nuestro servicio no sirven para que nos liberemos de estas tareas ingratas? Pues mis razones son todas, porque la experiencia de lavar manualmente ha sido memorable en muchos sentidos:

Lo primero ha sido el efecto de sentir la pastilla de jabón transformarse en espuma de aromas cubriendo las telas con tanta sutileza. Lavé con el mismo jabón con el cual lavo mi cuerpo, y me di cuenta de que nuestra ropa, segunda piel, protección de nuestra superficie y contacto con el mundo, merecería también un jabón suave y natural, respetuoso de sus células textiles. Nunca se me había ocurrido que esos detergentes, cuyo único objetivo es blanquear, desinfectar y desodorizar, en pocas palabras aseptizar, se instalan para siempre en los tejidos de nuestros atuendos y  prosiguen cada dia su contacto abrasivo con nuestros cuerpos.

Lo segundo y quizás lo mas importante, el momento vivido. Mientras usaba mis manos para restregar las telas contra ellas mismas, los movimientos empezaron a adquirir un ritmo, que apenas transcurridos unos segundos me invito inconscientemente a rendirme hasta devenir una sola con la tarea. Una sonrisa comenzó a hacerse lugar aquí y alla, mi rostro relajado y con él todo mi cuerpo convencido. Entré en un trance, de olvido, de ausencia, de felicidad inexplicable. Todo parece indicar que lavar con ese jabon hecho de pura naturaleza, en aquel momento de soledad (hasta mi hija de 5 años hizo silencio o simplemente dejé de escucharla) me hacían acercarme de alguna manera a la experiencia meditativa, ese momento sagrado de cada dia durante el cual “lavo”, y lavo, todas las tensiones que me hacen dudar de mi bien merecida existencia.

Y luego, la satisfacción de ver la ropa colgada, traslucida, tan limpia, tan fresca, tan suave, dejandose llevar por viento. Estoy segura de que mi lavadora nunca siente esta satisfacción, mas bien este orgullo. A esa pobre lavadora incapaz de ver el mundo desde el rincón donde vive,  le hemos dado el poder de robarnos  la oportunidad de este contacto magico. Todo esto me lleva a pensar en cómo hemos decidido denigrar y prescindir de tantas tareas que sin saberlo nos ayudaban a conectarnos con nosotros mismos, contacto que se traduce en la experiencia de paz y orgullo que tan poco vivimos cada día, pero que necesitamos a cada instante.

Pienso en esas imágenes, tantas veces captadas por pintores y escritores de las lavanderas en el rio, absortas en ese ritual maravilloso, con frecuencia colectivo, durante el cual los gestos de esas manos se frotan con el agua al ritmo de murmullos y canciones, en ese universo de complicidad y gran sensualidad femenina. Detalle poco anodino. ¡Qué maravilla olvidarse de si mismo en el ejercicio repetitivo de existir a través de una función necesaria! ¡Ah, poderoso Karma Yoga!

La mejor parte de la historia ha sido sin duda vestirme de esta experiencia, mucho mas que con un vestido. Me pregunto si las ropas también agradecen nuestros gestos de atención, traduciéndose esto en puro agradecimiento retroactivo, porque el dia llevando esa camisa después de la lavada la senti como nunca antes. Creo que por primera vez la camisa me amaba tanto como yo a ella.

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