Gris clair

Mi obsesión por los perfumes es mas que eso, un juego. Hace un par de días cumplí con el deber de llevar a un amigo (de esos que merecen) a Liberty. La ultima habitación antes de abandonar el templo: Perfumes. Me gusta pasearme y descubrir o redescubrir aromas que parecen delimitar memorias. Después de los obligados pasajes por Dyptique, Frederic Malle, Le Labo, nos aventuramos hacia otros territorios. Prejuiciosa como soy exclamé: Esto es Serge Lutin. Muy francés, muy famoso, pero no me engancha. Aun así me quedé cerca quizás suspendiendo mi incredulidad. La razón para el desinterés no es otra que la botella, demasiado flaca, demasiado comercial quizás. Comencé a probarlos todos, de izquierda a derecha, desde abajo hacia arriba, de pronto me habitó una gran confusión. El nombre de esa confusión: Gris Clair.

El perfume era toda una aventura, difuso, confuso, frio, todo esto antes de nombrarlo. Gris clair (o gris claro para mi mama) me envolvió en un aura de luces dicotómicas entre frio y calidez (en mi sistema poco que ver con calor). De pronto empezaron a desfilar en mi cabeza objetos, palabras, momentos, personas, situaciones, todos grises, como ese momento suspendido durante el invierno, como el cielo londinense después del almuerzo, como ese sweeter acolchado que apenas sostiene sus botones, como esa manta que nos hace siameses perezosos. Afuera ahora se escuchan las gaviotas, también grises.

Me retracto mientras construyo mi deseo de ese gris clair inesperado, con el entusiasmo que me regala el misterio ¿Cuantos matices de gris claro me regalara este aroma cuando lo posea?

Los efectos de un lavado

Después de tres semanas fuera de casa, y con pocas ganas de imaginar lo que el lavado al seco quiere decir (con el aroma a detergente de lavar alfombras tengo suficiente) no me quedaba otra alternativa que lavar algunas ropas yo misma, en la privacidad de nuestra sala de baño. Tenia que lavar cuando menos unas pocas para sobrevivir los cuatro días de trópico y yoga que nos quedaban. Lo de lavar a mano no es una novedad, la ropa interior la baño conmigo siempre, pero nunca se me había ocurrido pasar de centímetros a metros de tela.

¿Por qué escribir sobre algo que nadie quiere o necesita hacer? ¿Acaso la evolución y todas las maquinas a nuestro servicio no sirven para que nos liberemos de estas tareas ingratas? Pues mis razones son todas, porque la experiencia de lavar manualmente ha sido memorable en muchos sentidos:

Lo primero ha sido el efecto de sentir la pastilla de jabón transformarse en espuma de aromas cubriendo las telas con tanta sutileza. Lavé con el mismo jabón con el cual lavo mi cuerpo, y me di cuenta de que nuestra ropa, segunda piel, protección de nuestra superficie y contacto con el mundo, merecería también un jabón suave y natural, respetuoso de sus células textiles. Nunca se me había ocurrido que esos detergentes, cuyo único objetivo es blanquear, desinfectar y desodorizar, en pocas palabras aseptizar, se instalan para siempre en los tejidos de nuestros atuendos y  prosiguen cada dia su contacto abrasivo con nuestros cuerpos.

Lo segundo y quizás lo mas importante, el momento vivido. Mientras usaba mis manos para restregar las telas contra ellas mismas, los movimientos empezaron a adquirir un ritmo, que apenas transcurridos unos segundos me invito inconscientemente a rendirme hasta devenir una sola con la tarea. Una sonrisa comenzó a hacerse lugar aquí y alla, mi rostro relajado y con él todo mi cuerpo convencido. Entré en un trance, de olvido, de ausencia, de felicidad inexplicable. Todo parece indicar que lavar con ese jabon hecho de pura naturaleza, en aquel momento de soledad (hasta mi hija de 5 años hizo silencio o simplemente dejé de escucharla) me hacían acercarme de alguna manera a la experiencia meditativa, ese momento sagrado de cada dia durante el cual “lavo”, y lavo, todas las tensiones que me hacen dudar de mi bien merecida existencia.

Y luego, la satisfacción de ver la ropa colgada, traslucida, tan limpia, tan fresca, tan suave, dejandose llevar por viento. Estoy segura de que mi lavadora nunca siente esta satisfacción, mas bien este orgullo. A esa pobre lavadora incapaz de ver el mundo desde el rincón donde vive,  le hemos dado el poder de robarnos  la oportunidad de este contacto magico. Todo esto me lleva a pensar en cómo hemos decidido denigrar y prescindir de tantas tareas que sin saberlo nos ayudaban a conectarnos con nosotros mismos, contacto que se traduce en la experiencia de paz y orgullo que tan poco vivimos cada día, pero que necesitamos a cada instante.

Pienso en esas imágenes, tantas veces captadas por pintores y escritores de las lavanderas en el rio, absortas en ese ritual maravilloso, con frecuencia colectivo, durante el cual los gestos de esas manos se frotan con el agua al ritmo de murmullos y canciones, en ese universo de complicidad y gran sensualidad femenina. Detalle poco anodino. ¡Qué maravilla olvidarse de si mismo en el ejercicio repetitivo de existir a través de una función necesaria! ¡Ah, poderoso Karma Yoga!

La mejor parte de la historia ha sido sin duda vestirme de esta experiencia, mucho mas que con un vestido. Me pregunto si las ropas también agradecen nuestros gestos de atención, traduciéndose esto en puro agradecimiento retroactivo, porque el dia llevando esa camisa después de la lavada la senti como nunca antes. Creo que por primera vez la camisa me amaba tanto como yo a ella.

Obsesión: Bluebells

Tenia ganas de hablar de bluebells, de la obsesión inglesa por las flores en general (la Royal Horticultural Society y otros detalles) y de la realización última que ha sido visitar High Beeches, para ver mis primeros Bluebells en un bosque encantado. Y ya no tengo tantas ganas. Después de escribir y borrar sin reposo, intento cuando menos contar cómo llegué a construir la obsesión.

Me encantan los jacintos, y aquí en Londres, es más bien fácil conseguirlos, entre la pasta fresca y las comidas de 500 calorías, en cualquier Waitrose, pero no sólo. Me gusta el aroma, me gustan sus colores, y hasta me gustan sus tallos sumergidos en el agua. En algún momento del año los jacintos desaparecen, por eso del ritmo de las estaciones que nosotros los seres tropicales apenas podemos entender. Bien, para perpetuar la presencia de los jacintos en mi vida y en mis aposentos, se me ocurrió buscar un perfume de jacintos puros. Tarea innoble esta, pues después de buscar insaciablemente, renuncié a este perfume. No fue hasta que un dia cuando osé entrar a Penhaligon’s, el mítico perfumista inglés, por pura curiosidad y sin destino particular, cuando para darle orientación a mi osadía, tuve que decirle a la vendedora que buscaba un perfume de jacintos. A lo cual ella respondió con una mueca, entre lástima y desprecio, y luego después de un largo suspiro:

“Bluebells. Los jacintos son utilizados entre muchos otros ingredientes para reconstruir el perfume de los bosques de Bluebells, porque desde que estas flores son patrimonio nacional, no se pueden utilizar y es muy dificil cultivarlas porque justamente crecen en los bosques. Asi que los jacintos, más fáciles y ordinarios, con su aroma dulce y pegajoso sirven de base para la recreacion del delicado pefume de bluebells – Me extendió la botellita, y agregó -, También era el perfume favorito de Lady Diana”.

Solo yo sé cuán poco me interesa Lady Di, aunque desde luego no menos que Kate Middleton. Pero la historia sobre mis jacintos ordinarios, al servicio del reputadísimo aroma de Bluebells (es preciso decir que para los ingleses puristas, los jacintos son los enemigos españoles de las Bluebells) dejó una marca instantánea en mis deseos, esos deseos de saber de qué hablaba esta mujer altiva, portavoz de Penhaligon’s. Desde entonces, acumulo información sobre la florecilla mágica cuyos prados decoran el universo de hadas y otras creaturas celestes de esta región.

Siempre creí que debía andar mucho para ver el espectáculo de las Bluebells flamantes, a partir de Marzo. La gran sorpresa ha sido encontrarlas fortuitamente, mientras atravesaba en cementerio Brompton, donde desde luego las Bluebells crecen en apenas los espacios que dejan las tumbas, sin llegar a alfombrar la sombra de arboles suntuosos que he visto en tantas fotos maravillosas. Pero este encuentro inesperado me regaló la motivación para descubrirlas en su contexto natural, los bosques antiguos de Inglaterra.

La idea me dejaba siempre en estado de angustia. Tanto se dice de Bluebells que sin saberlo llega uno a creer que sólo los elegidos pueden verlas. Esta agonía no hace sino aumentar cuando va uno al sitio del National Trust y descubre que hasta existe un mapa interactivo de dónde ver Bluebells, que está alimentado por gente que les ha visto recientemente. Este año, debido a las fuertes lluvias y las persistentes temperaturas invernales, reportan que la temporada de Bluebells llega a su fin y que por el exceso de agua estas son excepcionalmente frágiles y de pequeña talla, aunque de aroma mucho más intenso. Conmovedor.

La tensión no hacía más que aumentar cuando leía sobre el tema. El sol durante el fin de semana pasado fue la mejor excusa para buscar y quizás tener el privilegio de ver bluebells. Siguiendo mi intuición, y considerando que sólo teníamos la tarde para la exploración, decidí que iríamos a High Beeches, en Surrey. Me dije que cuando menos este jardín ofrece también azaleas, magnolias, violas, y otras tantas flores, si no estaba en nuestro destino ver Bluebells.

Toda la magia que tanto esperaba estaba allí (¿O la habia yo llevado conmigo?). Los Bluebells de High Beeches eran pequeños, discretos, entre un azul cobalto intenso a veces y purpura otras, frágiles, de largos tallos y casi agonizantes. Todavía hoy, después de una semana, sigo embriagada por la experiencia, y con ganas de respirar su encanto una y otra vez más.

Finalmente como que si tenía ganas de escribir, o quizás estas, las ganas, se fueron haciendo a medida que ordenaba la obsesión. No tengo muchas ganas de escribir por estos días, situación persistente en mi bioritmo, esta vez porque me ha dado por pensar que no es divertido lo que escribo, y que claro, si no es divertido, tampoco tiene mucho que decir.

Todo menos el N°5

Mi olfato se forma lentamente, desde hace apenas unos años. Desde luego, poco tengo de una “Nariz” entrenada, pero me deleita buscar esos aromas que estimulan paisajes, sueños, recuerdos, y fantasías. En mi recién iniciada exploración olfativa, me tope con un Chanel N° 5, perfume cargado de referencias únicas y todas esas historias que lo cargan de misticismo.

No fue hasta hace unos días que tuve la idea de explorar este perfume, para descubrir que no me incluye y que mas bien me rechaza. Supongo que según los expertos, el Chanel N° 5 y todos los demás números son aromas cuya falta de apreciación puede fácilmente dejarte desprovisto de clase, de buen gusto, y de una cierta historia que definitivamente yo no tengo. Esto es casi como no apreciar el Foie-gras y otras exquisiteces, y este es mi caso, tampoco me gusta el Foie-gras.

En Caripito, el pueblito donde nací, los olores son parte de la vida cotidiana, pero nadie se detiene a analizarlos o incluso a disfrutarlos, solo estan, como el sol o la luna. Algunos son placenteros como el del asfalto caliente cuando llueve, o el de la tierra cuando exuda sus vapores, el olor de las mandarinas cuando rompemos la piel, el de los jovitos maduros macerándose con el contacto con la tierra. Otros olores particulares, menos agradables también se agregan como el de la sarrapia, una fruta parecida a la almendra con un olor que exige el mismo coraje y ganas que la Andouillette, la verdad apesta.

¿Por qué no me conquistó el Chanel N° 5? Difícil saberlo con certeza. Quizás por la misma razón por la cual no me conquistó Paris, con su belleza obvia y ausencia misterio. La primera impresión que tuve cuando probé el mítico elixir fue el de un olor ordinario y excesivo a la vez. Pronto me di cuenta de que mi apreciación de este perfume estaba afectada por todas las infinitas copias que han intentado acercársele desde que fue creado en 1921. Chanel N° 5 fue el primer perfume a base de olores sintéticos dentro de los tonos naranja. La mezcla de muchos olores hacía del perfume algo particular, porque Mademoiselle Coco quería una creación no un olor de la naturaleza, algo que fuese concebido de la misma manera en la cual ella concebía sus ropas, como artificios que enaltecen la naturaleza de la mujer.

Fascinante darme cuenta de que justamente la generalización de algo, gracias a su éxito, les vulgariza, robándoles la capacidad de sorprender de invitar a descubrir sus misterios. Y claro no tengo nada en contra de las creaciones accesibles a todo el mundo (las havaïanas son para mí la cumbre del diseño, practico y democrático) pero con los olores es diferentes, la saturación del olfato por exceso de un mismo aroma me aniquila.

Lo siento Gabrielle, el artificio le gusta a mis ojos, pero con todas las ganas que tengo de admirar todo lo que hiciste mis otros sentidos definitivamente prefieren la naturaleza.

Obsesión: Wagashi

Ya lo he dicho, me repito, pero es cierto, no son muchas las cosas que extraño de mi vida en Paris. Mi nostalgia se construye sobre todo cada sábado cuando recuerdo mis paseos con Mihai, y luego con Lila, en los mercados orgánicos de Paris, especialmente Batignolles, cerca de donde viciamos en el IX. En Londres, los Farmer’s Markets no son ni la sombra pálida de los juegos de colores, sabores y pasiones de un mercado de calle Francés. De lo demás, incluso de la cocina, la elegancia y el savoir-vivre Francés, puedo prescindir. Sin embargo, cada vez que regreso a Paris, algunas obsesiones organizan mis recorridos de la ciudad. La mayoría de esas obsesiones son gustativas, y curiosamente ofrecen un otro perfil de Paris, ese que la hace una ciudad del mundo, no solo la capital francesa.

Una de esas obsesiones es la comida japonesa en la rue Sainte Anne, especialmente una bodega/traiteur tradicional Juji-Ya (46 Rue Sainte-Anne, 75002 PARIS 02, France)  en el cual come uno comida japonesa fresca y simple, especialmente bentos, que puede uno bien imaginar adornan las mesas de las familias japonesas cada día. Aunque este es un punto de pasaje obligatorio, el mejor motivo para ir a Paris son los Wagashi, o la pastelería tradicional japonesa, cuyo único proveedor en Paris es el apacible y sensible salón de té Toraya (10, Rue St-Florentin, 75001 Paris).

La casa Toraya tiene mas de seis siglos de historia en Japón y ha sido la pastelería imperial japonesa desde sus inicios. Instalados primero en Kyoto y luego siguiendo al emperador a Tokyo, Toraya posee hoy 70 tiendas en Japón, y algunas en el mundo, incluyendo la de Paris, creada en 1980. Podría traducir y amalgamar informaciones encontradas aquí y allá, pero prefiero tratar de organizar la obsesión.

Descubrí Toraya hace algunos años de la mano de Claire Bardaine, una amiga, diseñador grafico y alma extremadamente sensible, de dulce hablar. Sus gestos lentos, parsimoniosos y precisos son parte de Toraya para mí. El salón de te es riguroso, y guarda todas señas de la época en la cual fue concebido, los 80, pero siempre muy japonés, discreto, austero y confortable.

Los ingredientes básicos de esta pastelería son el adzuki bean, un frijolito rojo pequeñito, el agar-agar que es una gelatina de origen marino, y la harina de arroz. Sin embargo, la experiencia de estos mismos ingredientes evoluciona atravesando el tiempo, gracias a la particular combinación de los mismos para celebrar el paso de las estaciones, a través de los Namagashi, pastelerías de estación, estos realizados siempre artesanalmente por maestros pasteleros expertos.

Los pasteles Namagashi siguen las curvas de cada momento, representando los elementos de cada estación. Lo más extraordinario es el placer que proveen a todos los sentidos, el sabor delicado de los ingredientes, dulces al paladar; el aroma cuando los recibimos, cuando los cortamos y cuando los acercamos a la boca; la textura en las manos siempre blanda y resistente a la vez; para luego llenar todos los rincones de la boca; todo esto conjugados con la visión de bosques y jardines exuberantes, y sus ruidos imaginarios.

La experiencia de estos pasteles continua siendo estación tras otra, única e irrepetible. Durante mi última visita al Toraya, durante el mes de Marzo, probé una pastelería de primavera, el  Arashiyama o Mt Arashi, llamado así como referencia al área cerca de Kyoto celebrada siempre por sus flores de cerezo. Para mí, el acompañamiento perfecto es el té de arroz grillado. Y claro la tetera, es demasiado irresistible.

Los wagashi me inspiran por su delicadeza. Me conmueve su síntesis de la naturaleza y la celebración de las estaciones hecha ceremonia.

Obsesion Annick Goutal

Llegué a Annick Goutal a través del perfume Bonpoint, que ella creo en 1986 para su hermana y fundadora de esta marca Marie-France Cohen. Este perfume infantil revelaba una consciencia diferente del aroma de las naranjas, y de la flor de naranja, esta última inédita hasta entonces para mi. Desde niña, me encanta comer mandarinas, pensando siempre en que no se pueden comer a escondidas, gracias al aroma dulce, amargo y envolvente. Siempre apretaba la piel de las mandarinas y las naranjas, para crear una nube aromática a mi alrededor. Muy lejos estaba entonces de comprender la búsqueda de este efecto usando artificios embotellados.

Fue apenas 2007 adquirí el agua de colonia de Bonpoint, y la botella sigue llena, suficiente como para perfumar los próximos 5 años. Rápidamente descubrí el universo gráfico de Annick Goutal, alegórico al mundo Marie-Antoinette. Las hermosas botellas biseladas y esbeltas coronadas por una tapa dorada y el lazo dorado alrededor del cuello son nostálgicas y romanticas. Me gustan porque son muy femeninas y evocan el carácter artesanal de los perfumes, porque las botellas no son impresas sino etiquetadas, y en algunos casos una etiqueta es atada al lazo dorado. Después de mi primera experiencia seria con las Rosas masculinas de Le Labo, me abrí a la posibilidad de invertir en una nueva botella, esta vez de Annick Goutal, sin otra guía que una idea.

La primera vez que escuché del perfume de Goutal, Eau d’Hadrien, un sueño comenzó a construirse, según el cual en tan solo una botella de perfume podrían existir todas las notas que tanto había disfrutado mientras leía Memoires d’Hadrien de Marguerite Yourcenar. Como siempre, suspendí la necesidad de tener el objeto inmediatamente, haciendo lugar para el trayecto en el cual la historia de esta agua del Emperador Hadrien se gestaría dentro de mi. Un buen día, después de pasear en Tuilleries, decidí caminar hasta la Ópera encontrando la tienda parisina de Annick Goutal en el camino, en 14 rue de Castiglione protegida por las arcadas. Era la primera vez que visitaba el santuario y rápidamente sentí que el sueño se había construido lo suficiente como para descubrir los tonos olfativos que lo inspiraban.

Entre las opciones perfume y agua de toilette siempre me encuentro en un dilema. Este es el de escoger la esencia perfecta y el titulo maravilloso de “Perfume”, o el de escoger el Eau de toilette, elixir mas ligero, diluido, y efímero, pero también más fácil de llevar, especialmente para alguien como yo, para quien el aroma es algo intimo y apenas perceptible.

Eau d’Hadrien conjuga notas de naranja y especias, estas ultimas no siempre fáciles de apropiar ¿Querrá decir esto que el aroma de Eau d’Hadrien no me gusta? Es posible, en ocasiones lo pienso. A veces me gusta, otras menos, a veces me envuelve, otras me olvida. Quizás por eso es uno de mis perfumes favoritos, porque tiene la capacidad de sorprenderme cada vez. A veces solo me acompaña, otras es parte de mí. Uno de los grandes descubrimientos a través de este perfume es el aroma de Ylang Ylang, que desde hace unos días disfruto usando en aceite esencial como perfume, experiencia sobre la cual me gustaría también escribir, o lo que es lo mismo indagar.

Desde luego poseer la botella de Eau d’Hadrien tiene un valor inestimable para mí. No como parte de una colección de perfumes sino más bien como parte de una colección de referencias, o mas bien de elementos de un mundo personal, el mío desde luego. Al agua de Adrian, se suman la camelia blanca de Chanel, las cacerolas Staud, los platos Natalie L’été, los libros de Assouline, las blusas rumanas y las semillas de comino, entre tantos otros. Algunos de estos objetos forman parte de mi cotidiano, y justifican su inclusión con horas de servicio, pero lo contrario es también posible, que los use muy poco o nunca, porque muchas veces la sola presencia del objeto es lo que busco.

Agua de Hadrien es apenas el primero de los aromas de Annick Goutal que se hizo un lugar en mi biblioteca de olores. Le siguen Chevrefeuille (Madreselva), Mandragora, Un matin d’Orage (una mañana de tormenta) et Sables o Arenas, incluido este último en la línea masculina, y que es absolutamente sorprendente.

Algo paso hace poco que apenas puedo explicar y que despertó en mi el sentido del olfato hasta hace muy poco dormido. Quizás la posibilidad de intelectualizar la experiencia, escribiendo, encontrando las palabras que me acercan del olor.

La naturaleza y sus maravillas me guian… Mis emociones se convierten en olores, yo llamé Perfume al sueño que me transporta – Annick Goutal

Una mujer que no usa perfume no tiene futuro

Anduve por alli sin futuro hasta hace muy poco, segun la utoritaria Mademoiselle Gabrielle “Coco” Chanel. Mi relación con los perfumes siempre ha sido difícil, quizás porque mi primera introducción al mundo de los olores capturados fue el Opium de Yves Saint Laurent de mi madre, que durante una primera década de existencia estimulaba memorias olfativas poco gratas, quizás por los tonos de Pachulí e incienso para los cuales todavía no estaba preparada.

También mi madre introdujo el First de Van Cleef and Arpels. Me gustaba la botella, y el color pálido del elixir, pero una vez mas el olor era demasiado complejo para mi, probablemente porque aun permanecía definida por el paladar, sin muchas ganas de pasar a otros sentidos. No fue hasta que comencé mi independencia financiera, unos veinte años después, cuando pude observar claramente la fascinación que ejercen los perfumes en las mujeres, y hombres, especialmente en el entorno laboral latinoamericano, en el cual invertía entonces mis días, y muchas de mis noches. Apenas alguien anunciaba su próximo paso por un Duty Free, las colas se estiraban democráticamente, incluyendo tanto recepcionista como directores, embriagados por la sola idea de poner un “acento” olfativo a sus personalidades. Desde luego, esta euforia no conquisto ni mi olfato ni mis ganas de hacerme de un futuro. Estas mujeres, y hombres insisto, estaban dispuestos a ofrecer sus salarios completos por olores firmados Armani, Boss, Davidoff, Calvin Klein o Donna Karan, todas estas, marcas cuya resonancia me hacia mas pensar en el pasillo de limpieza de un supermercado que en un avenir elegante o cuando menos excitante. Confieso haberme dejado llevar una vez por los impulsos de este colectivo, aturdida y poco convencida del sentido, pues adquirir un perfume sin antes haberlo olido es como pagar por una cita a ciegas.

No fue hasta hace unos 10 años que otra dimensión del perfume se descubrió para mi, durante un viaje siguiendo La Ruta Napoleón (existe un libro con este titulo, La Route Napoleon) que incluía ese pueblo con nombre azucarado, considerado la capital mundial del perfume. Esto ultimo es sin duda mucho mas abstracto que el lugar proveedor de 1/3 de todo el perfume producido en Francia. Grasse es el lugar donde se crean los perfumes mas reputados del mundo, donde se habla de la historia del perfume, y donde el jazmín, gran base para perfumes crece irrefrenable. Pero conocer Grasse no fue suficiente. Permanecí reticente a usar perfume hasta que descubrí las aguas florales o Eaux Florales en Francés. Lo especifico en Francés porque en Francia se llaman aguas florales, también llamadas Hydrolats, a las aguas que se obtienen durante la destilación de una planta para la obtención del aceite esencial de la misma, con lo cual se trata de aguas de flores únicas, puras, y no siempre fieles al aroma de las flores.

Primero fue la Lavanda, el olor del verano en el Sur de la Francia; luego la flor de la naranja, aroma maravilloso que había conquistado mis gustos a través de la pastelería oriental, marroquíes y tunicinas, hasta que venciendo mi resistencia a la seducción inevitable de la rosa, integré también el agua de estas flores tan populares.

Usar las aguas florales me regalaba algo mas que un perfume para impregnarme, una atmosfera o un aura dentro de la cual desplazarme por el mundo. En un tono mas pragmático, estas aguas no solo servían para brindarme un futuro, también me regalabas otras de sus propiedades sobre la piel pues a diferencia del perfume las rociaba en el pelo después del baño, en el rostro para limpiarlo o como astringente, y en el cuerpo después de una larga exposición al sol o durante los periodos de intenso calor veraniegos.

El aroma de las aguas florales sin embargo se desvanecía a medida que penetraba el aire de los caminos impregnados de tantos otros olores, con frecuencia mas pesados.

Cuando nació Lila, mi hija, hace 5 años, otra posibilidad del perfume se descubrió cuando osé entrar en una tienda Bonpoint. No es difícil apreciar la belleza de los productos de esta marca, son románticos, nostálgicos, casi etéreos, de excelente calidad y sobre todo muy infantiles (sin Barbie o Fresita como referencias), y la apreciación aumenta cuando se revelan los rituales que enaltecen la vulgar compra. Recibí la Rebeca verde manzana, que todavía Lila usa después de 4 años,  envuelta en papel de seda rosa pálido dentro de una bolsita de tela rosa pálido, a la cual la vendedora roció con un aroma fresco de flores de naranja. No paso mucho tiempo antes de que regresara a una de las tantas tiendas Bonpoint para adquirir el memorable aroma, sin otra intensión que la de perfumar las gavetas en las cuales guardo la ropa de Lila. Desde entonces, un nombre se instalaría en el mejor palco de mi memoria “perfumística”, la creadora del perfume de Bonpoint, Annick Goutal.

Supongo que ya estaba preparada para el perfume y el futuro que este me depararía, pero mis memorias de aquellas mujercitas y hombrecitos eufóricos por oler a otra cosa que a ellos mismos, me impedía abandonar la idea de que oler a fresco y recién bañado es siempre mejor.

Quizás percibiendo mi necesidad de intervención foránea, de una fuerza que me sacara de mis ideas rígidas sobre mi misma,  hace poco mas de dos años, Mi Amor me propuso ir a buscar un perfume para mi porque tenia ganas de olerme. Su sugerencia me dejaba entender que un perfume lejos de cubrir nuestro propio aroma, mas bien lo expone, como una música que puede ser interpretada con diferentes instrumentos. Conociéndome tanto como me conoce escogió el mejor lugar para iniciarme a la dependencia de los aromas embotellados. Me llevo de la mano a Liberty. La icónica tienda londinense, donde escogimos juntos un perfume artesanal de Le Labo. El perfume elegido no podía ser mas especial, el  ROSA 31, que ahora mientras escribo, descubro ha sido definido por sus creadores como un perfume de rosas para hombres.

Desde entonces, mi pasión por los aromas no ha hecho sino crecerse, haciendo de mi futuro un paseo espontaneo y poco definido por esos bosques y jardines que anhelo.

¿Tienes futuro? ¿A qué se parece?

Imagen by Voza