Nuevo

Sigo descubriendo como utilizar el Ipad, o mas bien los software para dibujar. Esto es quizas lo mejor que me ha pasado en este año. Dibujar es terapeutico, me relaja tanto como meditar. Supongo que esto es mejor que hacerlo bien. Este dibujo lo he hecho luego de ver unos muy buenos tutoriales en Youtuve, y estan inspirados por una foto de Vanessa Jackman. La maravilla de Photoshop, poder utilizar las fotos como referencia directa, esto es calcarlas. Parece penoso, pero de hecho también exige mucho trabajo. Lo mejor es que me ayuda con las proporciones.

Esos son mis nuevos anteojos. Estoy demasiado feliz de poseerlos. Después de años buscando un par que se sostenga en mi nariz horizontal, he encontrado estos de Cutler and Gross que no solo se sostienen, sino que ademas me dan suficiente espacio para los ojos, y no caen en mis pomulos. Son perfectos.

 

mi gato

Mi gato, es en realidad el gato de algún vecino, quien después de una exitosa excursión de caza en nuestra casa (teníamos algunos ratones: Marilou y Lee) comenzó a creer que este es su hogar.

Me gusta verlo desde la ventana de mi espacio de trabajo, yendo de una casa a otra, serpenteando de un techo al otro. Sus gestos me deleitan, no soy la primera en dejarse cautivar por los movimientos sensuales de un felino, pero me autorizo a experimentarlo sin necesariamente desbordar de sentimientos amorosos por el animal domestico en cuestión.

Cada vez que alguna puerta o ventana están abiertas, Lorenzo, así le llamo (hasta que él mismo o alguien con mas autoridad me indique su nombre) entra. En esta foto, en la cocina, daba vueltas a mi alrededor. Y redescubro cómo la foto no sólo es una memoria sino también una nueva visión. Mientras tomaba esta foto, los ojos y la oscuridad de la silueta captaron toda mi atención. Ahora, un montón de tiempo mas tarde, me cautivan sus bigotes.

Ayer, mientras me preparaba para dormir, una sombra anárquica se desplazaba cerca de la cama, era Lorenzo… mi gato.

¡Espero no te importe Omar!

Hoy no me voy a arrepentir

¡Linda Gaby!

A veces Se me olvida cuanto nos regala la radio. Nunca escucho, se me olvida, se me complica con tanto proceso digital a mi alrededor. El proceso ha sido vertiginoso de alguna manera. Todavía recuerdo aquellos días apacibles tratando de luchar contra las ganas de escuchar la radio, porque las tareas escolares me llamaban. Todo cambio cuando el aparato de reproducción musical empezó a ser móvil, no era un radio sino un walkman, y con este “el descubrimiento” dio lugar a “la repetición” de esos temas que ya me gustan, pura complacencia, ninguna sorpresa. Además de las fiestas, pocos lugares me ofrecían nueva música, y esto solo empeoró, deteniéndome en algún punto de mi historia musical.

Recuerdo durante la cena celebratoria del matrimonio de un amigo, tuve como vecina a su madre (quiero decir la madre del novio). Esta señora, divertidísima y con mucha inteligencia me dijo entonces algo que no hace sino probar su sentido con los años: “En ese preciso momento en el cual uno deja de descubrir nuevas músicas, en ese momento uno puede decir que ya envejeció, y que a partir de entonces solo escuchara eso que conoce”. En el momento me pareció un poco extremo, pero poco a poco lo he aceptado. Es así, la música que me gusta es esa música que escuchaba hasta llegar a los 30 ¡Vejez precoz la mía! Después dejé de explorar, no mas riesgos, solo la calma y la seguridad de melodias de antes.

Sin embargo, me pasa a veces, no con mucha frecuencia, descubrir alguna música, algunos cantantes, que sin duda alimentan mi memoria mas que mis ganas de actualidad. Con el tiempo mi oreja se ha hecho selectiva, tolerando solo esas músicas dulces y suaves (mucho folk, mucho blues). Así llegué a Gaby, mientras escuchaba Radio FIP durante un trayecto en automóvil. Gracias a mi nueva oreja Shazam, descubrir No regrets de Gaby Moreno ha sido posible. Pero el gran evento es sin duda, la necesidad de hacerme de un radio inmediatamente.

¡Lupe, te la dedico!

Flores sobre mesa blanca oxidada

Millones de ideas pululan mi mente, ideas con muchos objetivos, entre otros el de volver a Voza. El tiempo es justísimo por estos días entre mis obligaciones maternales, un nuevo trabajo, mi colaboración con Art For Youth, los toques finales de nuestro apartamento en Paris, y mis sueños.

Pensaba escribir sobre las alergias de verano, las ofertas de final de temporada, sobre la dificultad de remodelar viviendo lejos, sobre el sistema educativo inglés, sobre Tommy Tom. Nada demasiado importante sin duda, si no, habría encontrado un momento. Mientras termino de rendir un video para Art For Youth, y hago llamados para hacer entregar las camas en Paris, decido que vale la pena cuando menos compartir una imagen que me inspira.

En la foto, esas flores esperando ser erigidas estandartes de belleza y frescura, y que han encuentrado el mejor de los contextos durante una transicion (que yo estableceria eterna) sobre los colores de esa mesa, pura y oxidada a la vez. Estos momentos o mas bien estas historias se recrean en millones en el mercado de los corotos, y especialmente en el Marché Paul Bert de Clignancourt. Esta imagen refleja los colores del lugar donde quisiera soñar durante este verano, y pensandolo bien durante toda una vida.

Las flores son siempre esa puerta gracias a la cual puedo acceder a mi propio pais de las maravillas.

No tardo…

Charmante vendeuse

Pasar un fin de semana en Paris obliga una visita (o dos) al mercado de las pulgas (y antigüedades) de Clignancourt en el norte de Paris. El domingo pasado  excepcionalmente llevé mi cámara. Mientras me paseaba por el Marché Biron, mi preferido, porque es allí donde consigo esas pequeñas cosas que se hacen lugar en mi vida, como si las hubiese heredado de algún pariente: bordados, crochet, cuentas, pompones, juguetes, porcelana barata, y otras cosas menos fáciles de catalogar como una pulsera de Sainte Thérèse que combino con mi brazalete de Pyrrha y otro brazalete de plata, un bello recuerdo de San Telmo, durante mi ultimo viaje a Buenos Aires.

Apenas pasé por esos puestos que siempre me llaman, me topé en una de las galerías con la hermosa atmosfera de un Cabinet de Curiosités, esos espacios donde se acumulan pequeños objetos de la naturaleza sin la taxidermia de costumbre. La “Charmante vendeuse” estaba allí reajustando “la atmosfera”, como si esta tuviese controles (seguro los tiene).

Le tomé un par de fotos sin que ella lo percibiera, antes de acercarme a la colección de caracolitos, hermosa, romántica. Apenas vi la coleccion en la vitrina me pregunté quién, como, cuando y donde. Las respuestas que espontáneamente harían la sinopsis de una película perfecta (y las cajitas, después de esto la verdad no sé si coleccionar caracoles o cajitas). Verbalicé las preguntas para que la chica me respondiese en perfecta armonía con mis ilusiones. Se trata de un coleccionista de caracoles desconocido en el norte de los Estados Unidos quien trabajo hacia finales del Siglo XIX. Ella agrego orgullosa que había comprado la colección completa, unas 3000 piezas. Cuando se acerco, su pasión desbordaba sus ojos, y yo solo pensaba en cuanto placer tendría el lente de mi cámara de suspender esta pasión (además su abrigo desgarrado por el tiempo era sublime). Me conto que cada año en Paris hay un salón del caracol (en Francés Le Salon International du Coquillage, Ahhh), lo cual solo venia a enriquecer la maravillosa historia de esa película que ya había titulado “El rastro del caracol”.

Cuando hablábamos, le pregunté si podía tomarle una foto, allí donde estaba parada. Su timidez era aun mayor que la mía. Con la idea anclada de obtener una foto suya, pude capturar su consciencia de mi presencia (y la de la cámara), que sin que yo lo explique solo podría leerse como su escape hacia otros lugares y tiempos. Pienso en Robert Bresson, en como dirigía a sus actores sin darle la mas mínima explicación sobre las emociones o intensiones detrás de sus acciones, esto es cuando mira hacia allá sin sonreír puede transformarse en melancolía, tristeza, y tantas otras emociones, condicionadas por otros planos, pero no solo, también por la experiencia de vida del espectador.


Turismo: Esto es Brighton

Brighton es el mar a pocos kilometros de Londres. No es un destino demasiado atractivo para aquellos quienes ven el mundo siempre a través de las comparaciones . Una amiga una vez me dijo ¿Brighton? Eso no es una playa, es un piedrero. Para ella la idea de la playa esta hecha de arena blanca, aguas cristalinas y litros de aceite para broncear. No la culpo, Brighton no ofrece nada de eso, sino lo contrario. Tampoco es la ilusión  de quienes se perciben especiales, esos cuyas excursiones solo salen en Wallpaper, lejos de los gustos de las masas informes y poco elegantes, entre parques de atracción y parrillas de sardina al borde del mar. Todas las razones anteriores, lejos de predisponerme me invitan a amar este lugar.

Me gusta Brighton porque es la ilusión de muchos, esa de estar cerca del mar. Me conmueven sus playas de piedritas, el viento, el frio, y la gente desprovista de poses. Me di cuenta mientras estuve allí hace unos días de que todo aquello que otros rechazan o excluyen me inspira, me conmueve. Y es quizás el mismo mecanismo el cual me deja indiferente frente a la belleza y los elegidos.

 

Obsesión: Wagashi

Ya lo he dicho, me repito, pero es cierto, no son muchas las cosas que extraño de mi vida en Paris. Mi nostalgia se construye sobre todo cada sábado cuando recuerdo mis paseos con Mihai, y luego con Lila, en los mercados orgánicos de Paris, especialmente Batignolles, cerca de donde viciamos en el IX. En Londres, los Farmer’s Markets no son ni la sombra pálida de los juegos de colores, sabores y pasiones de un mercado de calle Francés. De lo demás, incluso de la cocina, la elegancia y el savoir-vivre Francés, puedo prescindir. Sin embargo, cada vez que regreso a Paris, algunas obsesiones organizan mis recorridos de la ciudad. La mayoría de esas obsesiones son gustativas, y curiosamente ofrecen un otro perfil de Paris, ese que la hace una ciudad del mundo, no solo la capital francesa.

Una de esas obsesiones es la comida japonesa en la rue Sainte Anne, especialmente una bodega/traiteur tradicional Juji-Ya (46 Rue Sainte-Anne, 75002 PARIS 02, France)  en el cual come uno comida japonesa fresca y simple, especialmente bentos, que puede uno bien imaginar adornan las mesas de las familias japonesas cada día. Aunque este es un punto de pasaje obligatorio, el mejor motivo para ir a Paris son los Wagashi, o la pastelería tradicional japonesa, cuyo único proveedor en Paris es el apacible y sensible salón de té Toraya (10, Rue St-Florentin, 75001 Paris).

La casa Toraya tiene mas de seis siglos de historia en Japón y ha sido la pastelería imperial japonesa desde sus inicios. Instalados primero en Kyoto y luego siguiendo al emperador a Tokyo, Toraya posee hoy 70 tiendas en Japón, y algunas en el mundo, incluyendo la de Paris, creada en 1980. Podría traducir y amalgamar informaciones encontradas aquí y allá, pero prefiero tratar de organizar la obsesión.

Descubrí Toraya hace algunos años de la mano de Claire Bardaine, una amiga, diseñador grafico y alma extremadamente sensible, de dulce hablar. Sus gestos lentos, parsimoniosos y precisos son parte de Toraya para mí. El salón de te es riguroso, y guarda todas señas de la época en la cual fue concebido, los 80, pero siempre muy japonés, discreto, austero y confortable.

Los ingredientes básicos de esta pastelería son el adzuki bean, un frijolito rojo pequeñito, el agar-agar que es una gelatina de origen marino, y la harina de arroz. Sin embargo, la experiencia de estos mismos ingredientes evoluciona atravesando el tiempo, gracias a la particular combinación de los mismos para celebrar el paso de las estaciones, a través de los Namagashi, pastelerías de estación, estos realizados siempre artesanalmente por maestros pasteleros expertos.

Los pasteles Namagashi siguen las curvas de cada momento, representando los elementos de cada estación. Lo más extraordinario es el placer que proveen a todos los sentidos, el sabor delicado de los ingredientes, dulces al paladar; el aroma cuando los recibimos, cuando los cortamos y cuando los acercamos a la boca; la textura en las manos siempre blanda y resistente a la vez; para luego llenar todos los rincones de la boca; todo esto conjugados con la visión de bosques y jardines exuberantes, y sus ruidos imaginarios.

La experiencia de estos pasteles continua siendo estación tras otra, única e irrepetible. Durante mi última visita al Toraya, durante el mes de Marzo, probé una pastelería de primavera, el  Arashiyama o Mt Arashi, llamado así como referencia al área cerca de Kyoto celebrada siempre por sus flores de cerezo. Para mí, el acompañamiento perfecto es el té de arroz grillado. Y claro la tetera, es demasiado irresistible.

Los wagashi me inspiran por su delicadeza. Me conmueve su síntesis de la naturaleza y la celebración de las estaciones hecha ceremonia.

Obsesion Annick Goutal

Llegué a Annick Goutal a través del perfume Bonpoint, que ella creo en 1986 para su hermana y fundadora de esta marca Marie-France Cohen. Este perfume infantil revelaba una consciencia diferente del aroma de las naranjas, y de la flor de naranja, esta última inédita hasta entonces para mi. Desde niña, me encanta comer mandarinas, pensando siempre en que no se pueden comer a escondidas, gracias al aroma dulce, amargo y envolvente. Siempre apretaba la piel de las mandarinas y las naranjas, para crear una nube aromática a mi alrededor. Muy lejos estaba entonces de comprender la búsqueda de este efecto usando artificios embotellados.

Fue apenas 2007 adquirí el agua de colonia de Bonpoint, y la botella sigue llena, suficiente como para perfumar los próximos 5 años. Rápidamente descubrí el universo gráfico de Annick Goutal, alegórico al mundo Marie-Antoinette. Las hermosas botellas biseladas y esbeltas coronadas por una tapa dorada y el lazo dorado alrededor del cuello son nostálgicas y romanticas. Me gustan porque son muy femeninas y evocan el carácter artesanal de los perfumes, porque las botellas no son impresas sino etiquetadas, y en algunos casos una etiqueta es atada al lazo dorado. Después de mi primera experiencia seria con las Rosas masculinas de Le Labo, me abrí a la posibilidad de invertir en una nueva botella, esta vez de Annick Goutal, sin otra guía que una idea.

La primera vez que escuché del perfume de Goutal, Eau d’Hadrien, un sueño comenzó a construirse, según el cual en tan solo una botella de perfume podrían existir todas las notas que tanto había disfrutado mientras leía Memoires d’Hadrien de Marguerite Yourcenar. Como siempre, suspendí la necesidad de tener el objeto inmediatamente, haciendo lugar para el trayecto en el cual la historia de esta agua del Emperador Hadrien se gestaría dentro de mi. Un buen día, después de pasear en Tuilleries, decidí caminar hasta la Ópera encontrando la tienda parisina de Annick Goutal en el camino, en 14 rue de Castiglione protegida por las arcadas. Era la primera vez que visitaba el santuario y rápidamente sentí que el sueño se había construido lo suficiente como para descubrir los tonos olfativos que lo inspiraban.

Entre las opciones perfume y agua de toilette siempre me encuentro en un dilema. Este es el de escoger la esencia perfecta y el titulo maravilloso de “Perfume”, o el de escoger el Eau de toilette, elixir mas ligero, diluido, y efímero, pero también más fácil de llevar, especialmente para alguien como yo, para quien el aroma es algo intimo y apenas perceptible.

Eau d’Hadrien conjuga notas de naranja y especias, estas ultimas no siempre fáciles de apropiar ¿Querrá decir esto que el aroma de Eau d’Hadrien no me gusta? Es posible, en ocasiones lo pienso. A veces me gusta, otras menos, a veces me envuelve, otras me olvida. Quizás por eso es uno de mis perfumes favoritos, porque tiene la capacidad de sorprenderme cada vez. A veces solo me acompaña, otras es parte de mí. Uno de los grandes descubrimientos a través de este perfume es el aroma de Ylang Ylang, que desde hace unos días disfruto usando en aceite esencial como perfume, experiencia sobre la cual me gustaría también escribir, o lo que es lo mismo indagar.

Desde luego poseer la botella de Eau d’Hadrien tiene un valor inestimable para mí. No como parte de una colección de perfumes sino más bien como parte de una colección de referencias, o mas bien de elementos de un mundo personal, el mío desde luego. Al agua de Adrian, se suman la camelia blanca de Chanel, las cacerolas Staud, los platos Natalie L’été, los libros de Assouline, las blusas rumanas y las semillas de comino, entre tantos otros. Algunos de estos objetos forman parte de mi cotidiano, y justifican su inclusión con horas de servicio, pero lo contrario es también posible, que los use muy poco o nunca, porque muchas veces la sola presencia del objeto es lo que busco.

Agua de Hadrien es apenas el primero de los aromas de Annick Goutal que se hizo un lugar en mi biblioteca de olores. Le siguen Chevrefeuille (Madreselva), Mandragora, Un matin d’Orage (una mañana de tormenta) et Sables o Arenas, incluido este último en la línea masculina, y que es absolutamente sorprendente.

Algo paso hace poco que apenas puedo explicar y que despertó en mi el sentido del olfato hasta hace muy poco dormido. Quizás la posibilidad de intelectualizar la experiencia, escribiendo, encontrando las palabras que me acercan del olor.

La naturaleza y sus maravillas me guian… Mis emociones se convierten en olores, yo llamé Perfume al sueño que me transporta – Annick Goutal

Amor de camelias

Estas son las Camelias en mi casa. Nada especial cuando miro desde afuera, ahora mismo las camelias se expresan en toda la ciudad. Pero cuando miro desde adentro, siento el placer secreto de tener cerca las flores favoritas de Gabrielle Chanel. Poco tengo de fanática o coleccionista, pero algunos personajes me apasionan tanto que puedo encontrarme haciendo locuras, pequeñas locuras, solo para reconstruir o acercarme de alguna manera a sus historias. Claro que las camelias no solo son las flores preferidas de Mademoiselle Coco, también me gustan, porque las flores son la más poderosa inspiración para mí.

Cuando llegué a Paris en 2001, poco me interesaba conocer la ciudad, una vez más, porque sabia muy poco de esa ciudad además de esas imágenes icónicas que viajan cubriendo delantales, llaveros y tantos otros objetos inútiles. Para entonces mi fantasía francesa incluía apenas tres objetos: las tropezianas inspiradas por Brigitte Bardot en Saint Tropez en los años 60, una marinera bretona como la que usaba Coco Chanel en Dauville, firmada Jean-Paul Gauthier, y una camelia de Chanel blanca, comprada en la rue Cambon.

Las tropezianas llegaron un año mas tarde, la marinera quizás dos. La camelia espero hasta el año pasado, esto es 10 años, y ni siquiera fui yo quien la buscó en la rue Cambon. Mi deseo de este objeto se infló tanto con el tiempo que apenas he osado llevarla conmigo fuera de la casa una vez. Quiero protegerla, regalarle una eternidad, porque aunque podría substituir el objeto o multiplicarle, la historia del deseo seria imposible de reconstruir. Me quedo pensando en esto, la historia de un deseo, con ganas de indagar. Pero guardarla en casa también quiere decir que poco me interesa exponerla, quizás porque para mi los deseos son íntimos y secretos.

Quizás lo que más me gusta de la camelia de Chanel es que siendo una flor muy femenina, fue adoptada por Coco según los usos masculinos, no como un broche sino como flor para el ojal en la solapa. A pesar de que hoy la camelia es un emblema de la Casa de modas, y es declinada en joyas y en múltiples materiales cada temporada, Coco Chanel la usaba blanca, simple, prístina y suntuosa. Pero no solo esto me hace sentir romántica, también descubrir el “saber-hacer” ligado a estas flores para la casa legendaria, símbolo absoluto de la moda Francesa.

Es así como un simple objeto puede cargarse de tantas emociones, tantas como referencias conmovedoras pueden existir. La camelia de Chanel es realizada por el artesano plumassier quien corta los pétalos en tela y los modela en un molde caliente, antes de fijarlos en un palito, desde donde las flores se abren.

Traduzco a continuación un texto que encontré en Internet, escrito por la Casa Chanel en torno a las Camelias y a la casa creadora Lemarié:

En 1946, Paris contaba con 277 plumassiers. En 1960, no había sino 49. Hoy Lemarié es prácticamente el único en Francia. Es un trabajo en extinción y un patrimonio único que Chanel a querido conservar retomando esta casa fundada, hace más de un siglo por Palmyre Coyette, la abuela de André Lemarié, durante la época de los sombreros velados.

El patrimonio son los archivos, los recuerdos, las vueltas de mano. Lo son también los tesoros irremplazables, guardados en el fondo de grandes gavetas: cepillos, aves del paraíso, plumas de buitre, de cisne, de pavo real, que son ahora especies protegidas. Pero la avestruz se importa de África del Sur sin restricción, y las plumas de oca, de pavo, de gallina, pintadas, afinadas, frisadas, moldeadas se prestan a todas las metamorfosis, a todos los caprichos de la moda. En la casa Chanel, Karl Lagerfeld las usa discretamente, en bordes finos o como pendientes bordados mezclando plumas y perlas. Para él, el Señor Lemarié es antes que nada “el hombre de las camelias”, ese que tiene la fuerza del virtuosismo de una obra polivalente – plumas y flores exigen el mismo trabajo ligero y meticuloso de los dedos – para responder a todos los deseos. Porque desde las primeras ordenes de Coco a principios de los años 60, la camelia, rue Cambon, juega a los camaleones. En tweed, cuero, piel, satén, organdí, plástico, Lemarié entrega unas 20.000 por año a Chanel, quien les distribuye en todas sus boutiques. El no pedirá nada mejor que variar los placeres: rosa, iris, violeta, orquídea, Lamarié conoce todas las flores pétalo por pétalo “pero los modistas no las usan más” se lamenta Monsieur Lemarié quien recuerda todas las estructuras memorables que él ha mezclado y florecido.

Mi devoción por este objeto no hace sino aumentar con el tiempo y los descubrimientos sobre su historia, y aunque cada año las nuevas versiones me tientan, en plástico o en tela de blue jean, me contengo, con la certeza de que tengo lo único que siempre soñé, ni más ni menos.